SEPARACIONES
Y/O DIVORCIOS 'MALIGNOS'
Todos
pierden, los hijos más...
por
Liliana Sella de Mc Namara*
Claudia
Rubins de Barbieri**
Volver
a página de Doctrina Jurídica Patagónica
Antes de centrarnos en nuestro
tema de análisis: las consecuencias psicológicas en los hijos de divorcios
"malignos" y las vicisitudes que éstos atraviesan, enunciaremos, a
modo de marco referencial, la concepción de sujeto que lo sustenta.
Partimos
de una perspectiva psico-social del sujeto, planteada en su psicología social
por el psiquiatra argentino Dr. Enrique Pichon Riviere, enriqueciéndola con los
aportes de otras vertientes psicológicas convergentes como los de la teoría
sistémica, psicoanalítica, comunicacional, que nutrieron entre otras nuestra
formación y nuestro quehacer como trabajadoras de la salud mental hasta hoy.
Nuestro Grupo Social
Nuestro Grupo Familiar
Entendemos
desde allí al sujeto como emergente de un sistema vincular social e histórico
que le imprime actitudes, formas de pensar, de sentir y de actuar; en síntesis,
particulares formas de vivir, específicas y compatibles con ese sistema. El
sujeto es producido por ese orden social y a la vez productor por su capacidad
potencialmente transformadora de sí y de lo que lo rodea. El orden social
referido, a modo de una compleja trama, se despliega en ese sistema vincular y
primer escenario de vida interaccional, que es la familia. En este primer ámbito,
en esta institución social, es donde el sujeto "lucha" para
satisfacer sus fundamentales necesidades, y donde vivencia con intensa carga
emocional las más significativas experiencias y aprendizajes. Así irá
forjando su personalidad, a través de un proceso de permanentes interacciones e
identificaciones con las figuras de mayor peso afectivo: los padres o
sustitutos, quienes son a la vez mediadores del sistema social en el que el
grupo familiar convive.
Nuestra Sociedad en Crisis
Nuestros Vínculos Familiares en
Crisis
Sucesivas
crisis sociales de variada índole y la falta de sostén del sistema social,
impregnan todos los ámbitos de la vida humana, en especial la familia, a través
de situaciones desestructurantes como la falta de trabajo, o su contrario, el
exceso de éste las dificultades socioeconómico-ambientales, habitacionales, el
deterioro institucional, etc.
Estas
variables, que se integran a las configuraciones particulares e individuales de
cada sujeto (su mundo interno), inciden con tal intensidad en la red familiar
vincular, que logran muchas veces generar consecuencias altamente nocivas en la
salud mental de sus miembros. La familia, frente a dicha crisis, se transforma
en obligada depositaria y espacio de despliegue de las angustias de cada miembro
del grupo, con la exigencia hacia ésta de la máxima contención, ya que el
mundo externo y extrafamiliar se integra confusamente al mundo interno de cada
miembro y al mundo intrafamiliar, ejerciendo gran presión, sensaciones y
vivencias de desborde...
Modelos Sociales
Modelos Familiares
Esto
nos lleva a preguntarnos qué características especiales le imprime hoy nuestro
sistema a la cotidianeidad de las familias, en las que las crisis internas y
externas se cronifican.
¿Qué
valores, qué formas de vínculos y modelos de relación, qué secuelas de
autoritarismo, de desprecio por la vida misma, de impunidad (hagas lo que
hagas), de transgresión? ¿Qué es lo permitido y qué lo prohibido en los vínculos
o... todo vale?
¿Cuáles
son los códigos de la ética individual y del cuerpo social que rigen las
relaciones?
¿Qué
impacto emocional opera, en definitiva, qué modelos e ideales se transmiten y
tiñen los acercamientos, particularmente acentuados y dañados en este tipo de
familias?
Nuestras
preguntas, y algunas de sus respuestas, se originan en nuestra inserción
institucional, nuestro trabajo actual en los Juzgados de la Familia y el Menor,
en otras tareas institucionales anteriores en el terreno de la salud y educación,
y en nuestra experiencia en la práctica clínica, donde recibimos grupos
familiares que transitan separaciones de pareja con este tipo de crisis, que al
desbordarlos, los paraliza o violenta en tal medida que llegan, en muchos casos,
a grados de conflicto extremo, con el consecuente daño y riesgo para sí y en
especial para los hijos.
Los Hijos en Crisis
La Familia toda en Crisis
La
vida cotidiana familiar actual y en nuestro medio en particular, debido a su
composición mayoritaria de emigrantes y a las inmensas distancias geográficas
que separan a las personas de sus grupos primarios de pertenencia, es decir, de
sus familias de origen, hacen que uno o ambos miembros dela pareja se vean
privados de esa posible contención afectiva ante la presencia de conflictos
graves. Y como en todos los aspectos de la vida, aquello lejano y ausente,
resulta más idealizado y a la vez más deseado.
Pero
fundamentalmente para los niños, esos abuelos, tíos, primos, se vuelven
necesarios como figuras moderadoras, de sostén y albergue; pues cuando la
crisis se instala, suelen quedar ellos notoriamente desprotegidos, y la pareja
parental (que también comienza a sentirse más sola y desprotegida) concentra
paradójicamente sus energías personales en la disputa con su par.
Así
nos encontramos con una convivencia familiar difícil en la que los padres, por
múltiples variables actuales e históricas (que operan a la vez como causas
internas de cada uno, coexistiendo con otras que operan como condiciones
externas), se ven enfrentados a diario.
Cabría
ahondar, frente a estas situaciones, y para favorecer algunas posibles salidas,
cómo operaron en el vínculo marital los
acuerdos, cómo compatibilizaron sus "matrices familiares", cómo
realizaron la toma de decisiones, en síntesis, sobre qué bases organizaron la
futura convivencia del grupo familiar... Quizá, sobre una estructura de
acuerdos poco sólida de la pareja se fue armando el grupo todo... Muchas veces
estas diferencias, ahora intolerables, fueron quizá silenciadas, evitadas o
negadas, pero estuvieron presentes desde la constitución misma de la pareja.
Como sostiene Virginia Satir, tal vez el "yo" y el "tú" que
unió el amor, no se convirtió nunca en un real "nosotros", más allá
de lo formal.
Y
ante el impacto de una crisis actual, este "nosotros" debilitado o
inexistente, se ve amenazado y estalla con su máxima fuerza por el peso de lo
que los diferencia.
De
este modo comienza a cristalizarse una particular dinámica familiar
disfuncional.
Aun
sin estar separada o divorciada la pareja parental (a veces en respuesta al
mandato social de ser "una familia bien constituida"), permanece largo
tiempo con esta modalidad vincular, que hace a una interacción potencialmente
generadora de patología.
En
muchas parejas finalmente se produce la separación de hecho o el divorcio, pero
éste adquiere las características de los llamados "divorcios
malignos", pues la disfuncionalidad de los vínculos, aun a pesar del
distanciamiento, se torna extrema.
Es
frente a este tipo de situaciones que los hijos involucrados se sienten
impotentes, al desintegrarse cada vez más su primer grupo de pertenencia, y se
dañan las figuras más significativas de la niñez: los padres.
Deseamos
también hacer especialmente una distinción respecto al tipo y calidad de los
divorcios y sus consecuencias. Toda ruptura de vínculos afectivos (divorcio,
separación parental) en ningún caso es inocua, en especial para los hijos, que
la transitan con dolor, pues (entre otras cosas) se desvanece el deseo de
mantener por siempre y junto a elfos a ambos padres.
Sin
embargo hay divorcios que, por la madurez con que lo enfrenta y asume la pareja
parental (muchas veces evitando una convivencia dañina), produce en todos y
cada uno de los miembros del grupo familiar, un conflicto menor en calidad y es
vivido como un cambio, como una crisis accidental significativa, de la que
pueden recuperarse, no resultando en tal sentido traumática como otros.
Es de
destacar que el dolor disminuye y las posibles secuelas también, e incluso la
situación puede vivirse como un "alivio" cuando tal decisión de la
pareja o uno de sus miembros termina con episodios de violencia física, psíquica
o sexual, o en los casos de familias en las que se presentan abusos de cualquier
tipo, modalidades perversas de convivencia y/o comunicación, parejas paralelas,
etc.
Divorcios Malignos
Sufrimientos y Riesgos
En
cambio otros divorcios, los que nos ocupan, resultan altamente conflictivos, por
eso llamados "malignos", por los daños permanentes que provocan en
distinta medida en todos los miembros del grupo familiar. Se trata de
situaciones en las que la pareja no puede elaborar el duelo por la ruptura y la
pérdida del vínculo matrimonial o de convivencia anterior, por lo que no
llegan al menor acuerdo posible.
La
capacidad de renuncia parece anulada, no se acepta compartir las
responsabilidades y consecuencias de lo sucedido y en cambio lo proyectan en el
otro.
El
reproche se estereotipa como única modalidad de mensaje cotidiano; no les es
posible discriminar los roles esposa-esposo de los de madre-padre; en síntesis,
el campo de litigio parece no reducirse y en este caso, si la "guerra"
se eterniza, también sucede lo mismo con el sufrimiento para el grupo y en
especial para los hijos, por su mayor vulnerabilidad.
En
estos litigios, cada uno de los adultos en lucha, realiza ante el otro un
reproche manifiesto en el que subyace otro latente. Y en este confuso movimiento
de "figura-fondo", lo latente suele ser motor e impulsor de
argumentaciones manifiestas, muchas veces incongruentes, que van cambiando a lo
largo del tiempo y que si bien generalmente aluden a las "cosas"
("La guerra de los Roses"), tienen más que ver con este particular
proceso relacionado con los vínculos más intensos y con "deudas
pendientes" del orden de lo afectivo.
Este
tipo de dinámica perturbada deja inevitablemente desdibujadas las necesidades,
urgencias coyunturales, evolutivas y ansiedades de los hijos, que, además, en
este tipo de divorcios , se convierten por decisión de otros, en área
privilegiada y bastión del conflicto.
En
situaciones de esta naturaleza, los vínculos intrafamiliares en primer término
y extrafamiliares posteriormente, se van deteriorando progresivamente y la
modalidad de funcionamiento se vuelve rígida; la intolerancia a las diferencias
se torna desmedida; prima el individualismo, el "sálvese quien
pueda", y aparecen con mayor peso, distintos indicadores de violencia doméstica
física y/o psíquica entre ambos miembros de la pareja.
Este
funcionamiento atenta cotidianamente contra los vínculos y los lazos afectivos
primarios y consecuentemente los roles parentales nutritivos y normativos se
hacen cada vez menos consistentes, contenedores y seguros para los propios
hijos.
De
esta manera, la imprescindible disponibilidad parental, sostén fundamental para
todo hijo en proceso de convertirse en persona, peligra. La vivencia de los
hijos de esta situación es de vacío, derrumbe, caos y saturación, con los
sentimientos que los acompañan: profunda angustia, temor, inseguridad, apatía
parálisis, odio, renuncia.
Estas
dificultades, si no se perfilan para ellos algunas soluciones viables, o mínimos
acuerdos, suelen incrementarse aceleradamente y aparecer otras, con características
cada vez más dilemáticas y, a medida que transcurre el tiempo, se suman más
conflictos sin resolver. Este grave deterioro lleva inexorablemente a un
desmoronamiento y brecha afectiva (con o sin distanciamiento espacial en las
primeras etapas).
¿A QUIEN ESCUCHAMOS?
¿QUE NOS TRATAN DE DECIR?
( Mensajes- Mandatos)
La comunicación en este tipo de parejas y por extensión
la del grupo familiar, se torna altamente confusa, con mensajes contradictorios
y profundos ruidos en lo que se comunican. En estas situaciones, aunque los
hijos no sean "invitados" a intervenir, quedan igualmente atrapados en
una red comunicacional muy alienante. Los mensajes circulantes entre ambos
padres o unidireccionalmente, se realizan las más de las veces en forma de
reclamos, insultos, dobles mensajes, descalificaciones, ofensas, mentiras
utilitarias, secretos, amenazas encubiertas, extorsiones, boicots, en los que
los hijos pequeños o adolescentes quedan, siempre a su pesar, involucrados explícita
o implícitamente.
¿Cómo
se hacen escuchar en esa dinámica? ¿Quién resulta interlocutor imparcial de
sus necesidades y/o proyectos? Porque muchas veces ellos mismos son víctimas
del "todo lo que Ud. diga puede ser usado en su contra"...
Suelen
ser los hijos, la mayoría de las veces, testigos obligados, inconsultos e
indefensos de las disputas parentales donde afloran, de manera impactante para
ellos, los aspectos más infantiles e inmaduros de sus propios padres, invirtiéndose
de este modo los roles.
Así
las cosas, ¿hay espacio para sus reclamos?. ¿Para sus deseos y necesidades? ¿Quién
contiene y quién protege a quién?...
La
"capacidad de reverie" de la que habla Bion, ese desciframiento y
resonancia de la necesidad de los hijos, está perturbada en los padres en este
momento...
NOS HACEMOS ESCUCHAR
A TODA COSTA.
UN MODO DE PEDIR AUXILIO
Síntomas
Estas
situaciones requieren de los hijos una exigencia psíquica que conlleva un
mandato de "no traición". Así ellos suelen ser el "botín de
guerra" más disputado y contradictoriamente el más descuidado en la mayoría
de sus necesidades. Tómese como ejemplo actual de este tipo de batallas sin límite,
el lamentable y publicitado caso "Daniela Wilner".
Obviamente
en este tipo de dinámica, a esos hijos suele resultarles muy dificultoso
discriminarse del conflicto parental y a la vez poder descifrar y/o articular
sus propios deseos de los de sus padres, integrando adecuada y operativamente
mensajes cargados de ambivalencia y hasta de agresión.
En
esta forma patológica de funcionamiento o ruptura, los hijos se ven
compulsivamente obligados a establecer (a veces a modo defensivo, otras a pesar
suyo) alejamientos y/o alianzas de tipo incondicional y/o definitivas con uno u
otro padre, y en ciertas familias, hasta con sus propios hermanos, porque
pertenecen al "bando contrario", lo que les produce serios conflictos
de lealtad, pues vivencian que amar a, apoyar a, pensar como, recibir
gratificaciones de, y hasta parecerse físicamente a uno, es
"traicionar" al otro.
Los
hijos de estos padres en guerra, ya sea por el destino de los afectos filiales,
de las cuotas alimentarias, de los bienes materiales, las decisiones, las
vacaciones, etc., etc., etc., transitan cotidianamente un "terreno
minado", por lo que viven temerosos, desconfiados y en guardia, tratando de
asegurarse los afectos parentales. Esto les genera diferentes alteraciones
inmediatas o mediatas, con un paulatino empobrecimiento de la visión que tienen
de sí mismos (autoestima), motor fundamental para una buena calidad de vida.
En
esa búsqueda incesante de mecanismos para "liberar" y
"apartar" a los padres del conflicto, algunos se transforman ellos
mismos en foco, presentando síntomas. A veces mediante sobreadaptaciones, otras
a través de desadaptaciones sociales, escolares, institucionales, etc.,
tratando imperiosamente y con la máxima exigencia de ser, aun a su propia
costa, riesgo y renuncia, árbitros y mediadores de esta dolorosa disputa
parental. Con el tiempo encontramos que esos niños o ya adolescentes finalmente
han tomado partido, o siguen transitando conflictos de lealtad, en los cuales
esta situación de angustia y "tironeo" ha impregnado en todo sentido
y en una u otra área de su personalidad, sus procesos de maduración y
crecimiento, perturbándolos.
Como
enunciáramos antes, cuando el conflicto se eterniza y ambos padres en litigio
"guerrean" por la tenencia de los hijos, luego por el destino de los
bienes, van sumando cada día nuevas argumentaciones que serán luego respecto
de la cuota alimentaria, del régimen de visita... así la situación se
prolonga, siempre hay algo más por lo que pelear, se estereotipa el mecanismo y
esto dura lamentablemente en muchos casos hasta la mayoría de edad del último
de los hijos, creciendo así todos ellos en medio y "al calor" de
batallas eternas que los involucran masivamente en un penoso e inevitable lugar.
Y AHORA,
¿QUIEN PODRA DEFENDERNOS?
De lo Intra a lo Extrafamiliar
En
las etapas subsiguientes el conflicto suele trascender el ámbito intrafamlliar
y en consecuencia toma "estado público". Como antes señaláramos,
este es el momento en el que, en muchos casos, de estar próxima la familia
extensa, podría responder como sostén y escucha; al menos de los hijos, que
vivencian y transitan una gran confusión y una sensación de abandono. La
pareja en discordia, por vías diferentes, apela a la ayuda extrafamiliar.
Necesita demostrar ante terceros que “sus razones y reclamos son los más
justos”.
Ingresan
entonces al conflicto mediadores, a modo de árbitros, especializados o no, como
un desarticulado y externo Super-yo social. Aparecen amigos, conocidos, que
suman opiniones, toman partido, establecen alianzas y se manifiestan desde sus
propias y particulares resonancias, por uno u otro miembro de la pareja.
También hacen su entrada al campo de conflicto una diversidad de
profesionales y técnicos y las instituciones que los albergan (abogados,
asistentes sociales, psicólogos, psiquiatras, funcionarios judiciales,
docentes, etc.). A veces, con este sinnúmero de participantes, quedan en
segundo plano los verdaderos protagonistas: la familia en crisis. Todos estos técnicos,
que operan seguramente desde diferentes corrientes teóricas, distintas
metodologías, ideologías, estrategias, etc., no deben, a nuestro entender
perder de vista las sentidas y muchas veces silenciadas necesidades de los hijos
de esas parejas.
Si
esto no sucede, se suman al divorcio maligno intervenciones iatrogénicas, que
con el ánimo de "no perder el caso", (como si se tratara más de una
competencia por el saber, el status profesional, las "internas"
institucionales y/o personales) responden a ciegas, cualquiera sea el costo, a
los pedidos de sus clientes, o a su necesidad de aportar más pruebas, mediante
declaraciones, pericias, diagnósticos, audiencias, entrevistas con niños y/o
adolescentes, que muchas veces no se justifican o son apresuradas, generando de
tal modo más obstáculos y agravando la situación de riesgo, indefensión y
desesperanza de estos hijos y sus padres en crisis.
Afortunadamente
hoy muchos profesionales en el ámbito legal, trabajan en el sentido de la
mediación, arribando a acuerdos entre las partes y evitando más daños en los
vínculos.
INTERVENCIONES INSTITUCIONALES
A
modo de conclusión del presente trabajo, podemos reiterar que toda situación
conflictiva cristalizada y estereotipada en la pareja, es generadora potencial
de patología del grupo familiar, pues se trata del empobrecimiento progresivo
de los sujetos y de los vínculos que mantienen entre sí y con la realidad,
siendo los más afectados los hijos. Esas crisis son producto del interjuego
relacional de la pareja, sus individualidades, y los conflictos sociales que se
reavivan y despliegan en el seno de las situaciones conflictivas familiares.
Al
estar en crisis la estructura social, afecta las pautas habituales de la vida
cotidiana de los sujetos (en este caso, más vulnerables), ofreciendo modelos y
mensajes contradictorios y destructivos.
Asimismo
la realidad social, lo aceptemos o no, nos incluye y nos atraviesa con toda su
fuerza como operadores y como personas... Está claro que desde nuestra práctica
profesional no cambiaremos su rumbo, ni podremos instrumentar para dichas
parejas-familias “recetas” o soluciones “mágicas”, pero consideramos
que sí favoreceremos dicha situación familiar-social, si tomamos conciencia crítica
respecto de la incidencia social en el funcionamiento de este grupo primario y
su deterioro.
Esto
evitará que abordemos a las parejas y sus hijos, y al conflicto que los
envuelve de un modo parcial, abstracto, y como una realidad aislada de su
contexto. (Esto debe aplicarse a nuestro quehacer todo). Una vez instalada la
problemática del divorcio maligno frente a nosotros, proponemos en este caso
desde lo institucional, desocultar prácticas iatrógenas en relación a niños
y adolescentes, pues muchas veces por permanecer "ajenos" o negar
todas las variables del problema, no hacemos más que acentuar las vicisitudes
del conflicto.
Este
tipo de práctica es muy frecuente, ya que por lo cotidiano de los
"casos" y las fracturas institucionales estereotipamos abordajes, no
indagamos lo suficiente sobre nuestro y otros accionares y en consecuencia
legitimamos desde lo institucional una especie de maltrato o violencia hacia la
pareja y sus hijos. Esto impide asimismo vislumbrar alternativas más adecuadas,
creativas y facilitadoras de cambios y transformaciones en la crisis del grupo.
Creemos
que para que nuestro trabajo profesional, cualquiera sea nuestra especialidad,
resulte menos arbitrario, más operativo y eficaz, respetando fundamentalmente
la indefensión de los hijos, debemos orientarlo en el sentido de lograr:
-Jerarquizar
y priorizar acciones, tratando de preservar al máximo la salud mental de niños
y adolescentes (hijos de estos padres que transitan un divorcio maligno). Evitar
prácticas superpuestas, apresuradas, pruebas diagnósticas, entrevistas y/o
pericias muchas veces innecesarias y de alto costo psíquico.
-Contextuar
nuestras intervenciones, para una mejor comprensión de la problemática y para
la selección de nuestros instrumentos diagnósticos o indicaciones terapéuticas,
que se adapten a la realidad y posibilidades socioeconómico-culturales de los
miembros de ese grupo en conflicto. Muchas veces se orienta hacia prácticas
inaccesibles o resistidas por la familia, en desmedro de otras posibilidades
comunitarias más pertinentes para ciertos grupos sociales.
-Pensar
y actuar de manera interdisciplinaria, integrando y no excluyendo los diferentes
aportes, centrando las intervenciones desde el área de mayor conflicto o
necesidad inmediata, evitando múltiples y dispersos abordajes que no se
complementan evitando el maltrato o la repetición del conflicto del grupo en
cuestión y no sometiendo a mayor presión a los hijos.
-Tener
presente, antes de intervenir, el objeto de nuestra función profesional,
dirigiendo nuestras acciones en beneficio de los sujetos más indefensos y
vulnerables (en general, los hijos), estableciendo una distancia óptima
respecto de nuestras necesidades, apetencias personales, profesionales,
institucionales, etc.
-Capacitarnos
en forma permanente a través de ateneos institucionales, intercambio de casuística,
discusión de casos; enriqueciendo nuestros conocimientos teóricos y nuestros
instrumentos y estrategias de abordaje.
-Cuestionarnos
acerca de nuestro quehacer, como individuos y como grupo institucional,
ejercitando la autocrítica como alternativa necesaria de aprendizaje y cambio,
no sólo en nuestro beneficio sino de quienes requieren de nuestra intervención.
BIBLIOGRAFÍA
- Quiroga, Ana P de. Enfoques y perspectivas en
Psicología Social. Ed. Cinco, 1986.
- Satir, Virginia. Nuevas relaciones humanas en el núcleo
familiar. Ed. Pax . México. 1988.
- Varios. Terapia familiar. Curso dictado por el
Dr. Carlos Díaz Usandivaras. Río Gallegos. 1991.
- Wallerstein,
J. y Blakeslee, S. Padres e hijos después del divorcio. Javier Vergara.
1990.
- Cárdenas, Eduardo,
Familias en crisis. Fundación Navarro.
Viola. 1992.
- Kordon, D., Edelman, L., Lagos, D., Kesner, D., y
otros. La Impunidad, una perspectiva psicosocial y clínica.
Sudamericana. 1995.
- Pichon-Riviére, E. El proceso grupal. Del psicoanálisis
a la psicología social. I . Nueva Visión. 198S.
**Médica
Psiquiatra. Psicóloga Social. Gabinete Médica Social y de Adopción (Poder
Judicial Sta. Cruz)